martes 28 de febrero de 2012

CESAR ARMANDO LIBRADO LEGORRETA "EL MICROBUSERO ASESINO" (MEXICO)

Biografia:
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Cesar Armando Li­bra­do Le­go­rre­ta "El Co­que­to", trabajaba como chofer de un mi­cro­bús de transporte colectivo de pasajeros, cuando veia la oportunidad llevaba a jovenes mujeres, de entre 16 y 34 años, hacia sitios solitarios donde las violaba y estrangulaba para posteriormente abandonar sus cuerpos en las calles de la Ciudad de Mexico y del Estado de Mexico, el 27 de febrero de 2012 fue de­te­ni­do por ele­men­tos de la Po­li­cía de In­ves­ti­ga­ción, in­for­mó la PGJDF.
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Lue­go de va­rios me­ses de in­ves­ti­ga­ción, se lo­gró es­ta­ble­cer que Cé­sar Ar­man­do, al pa­re­cer el pa­sa­do 27 de oc­tu­bre 2011 asesino a una jo­ven­ci­ta de 17 años de edad a quien vio­ló y es­tran­gu­ló y pos­te­rior­men­te aban­do­nó el ca­dá­ver en la ca­lle de Ge­ne­ral Prim, Co­lo­nia Juá­rez, pe­rí­me­tro de la De­le­ga­ción Cuauh­té­moc.
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La Sub­pro­cu­ra­du­ría de Ave­ri­gua­cio­nes Pre­vias Cen­tra­les por me­dio de la Fis­ca­lía Cen­tral de In­ves­ti­ga­ción pa­ra la Aten­ción del De­li­to de Ho­mi­ci­dio de la PGJD­F in­for­mó que el pre­sun­to cri­mi­nal fue de­te­ni­do en el mu­ni­ci­pio de Tlal­ne­pan­tla, Es­ta­do de Mé­xi­co, don­de se en­cuen­tra re­la­cio­na­do con al me­nos sie­te ho­mi­ci­dios con­tra mu­je­res, pe­ro en el DF se le juz­ga­rá por fe­mi­ni­ci­dio, ya que ahi es más pe­na­do ese de­li­to.
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El asesino na­rró al MP de la PGJDF que la no­che del 26 de oc­tu­bre, al­re­de­dor de las 23:00 ho­ras, con­du­cía su mi­cro­bús, con di­rec­ción de Va­lle Do­ra­do a Cha­pul­te­pec, y al lle­gar a la pa­ra­da del Au­di­to­rio Na­cio­nal, so­bre Ave­ni­da Pa­seo de la Re­for­ma, le hi­zo la pa­ra­da la ado­les­cen­te.
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Una vez a bor­do, la jo­ven le pre­gun­tó a Cé­sar Ar­man­do Li­bra­do que si sa­bía dón­de po­día abor­dar un mi­cro­bús en el Me­tro Cha­pul­te­pec que la de­ja­ra en Za­ra­go­za o Iz­ta­pa­la­pa, y és­te le di­jo que sí. Al lle­gar a Cha­pul­te­pec, to­dos los pa­sa­je­ros des­cen­die­ron y ella se si­guió en el trans­por­te" y lue­go de cir­cu­lar por va­rias ca­lles se des­vió del ca­mi­no y fue en­ton­ces cuan­do abu­só se­xual­men­te de ella.
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Des­pués de ser vio­la­da, la me­nor in­ten­tó ba­jar del mi­cro­bús y se di­ri­gió al es­tri­bo de la puer­ta de­lan­te­ra, don­de el in­cul­pa­do le sujeto con fuerza su cuello por detras de ella (lla­ve chi­na), has­ta que la mato; en­se­gui­da, arras­tró el cuer­po por los pies, gol­peán­do­lo en la ca­be­za con los es­tri­bos, y lan­zó el cuer­po a la ca­lle, a un cos­ta­do de un au­to­mó­vil ne­gro es­ta­cio­na­do en ba­te­ría.
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El 18 de ene­ro 2012 una jo­ven mu­jer de apro­xi­ma­da­men­te 22 años de edad fue vio­la­da y es­tran­gu­la­da y su ca­dá­ver des­cu­bier­to, ama­rra­do de las ma­nos con un la­zo, aban­do­na­do so­bre un ca­mi­no de te­rra­ce­ría, ubi­ca­do en el en­tron­que de la ca­rre­te­ra La­go de Gua­da­lu­pe y el Pe­ri­fé­ri­co Nor­te, en la Co­lo­nia Pro­vi­den­cia, en el mu­ni­ci­pio de Tlalnepantla, en el Estado de Mexico.
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Lue­go del ha­llaz­go del cuer­po de es­ta jo­ven­ci­ta, ele­men­tos de la Po­li­cía Mi­nis­te­rial ini­cia­ron con las in­ves­ti­ga­cio­nes co­rres­pon­dien­tes y de­sa­ta­ron una au­tén­ti­ca ca­ce­ría pa­ra ubi­car y de­te­ner al que con­si­de­ra­ron po­dría ser un vio­la­dor y ase­si­no de mu­je­res en se­rie, pues exac­ta­men­te a 50 me­tros de don­de se en­con­tró el cuer­po de es­ta victima ha­ce unas se­ma­nas se lo­ca­li­zó el de otra joven que su­frió la mis­ma suer­te.
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Cuan­do el mi­nis­te­rio pú­bli­co arri­bó al lu­gar del ha­llaz­go y tras de que prac­ti­có las pri­me­ras ins­pec­cio­nes ocu­la­res, in­for­mó que la jo­ven­ci­ta que­dó ti­ra­da so­bre su cos­ta­do iz­quier­do y que al pa­re­cer ha­bía si­do vio­la­da, pues te­nía su pan­ta­lón de­ba­jo de sus glú­teos.
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Ade­más, di­jo el MP, es­ta­ba ama­rra­da de las ma­nos con un la­zo, pre­sen­ta­ba gol­pes en el cuer­po y a sim­ple vis­ta se ob­ser­vó que fue es­tran­gu­la­da con las ma­nos.
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El 26 de di­ciem­bre 2011 en la mis­ma zo­na, se encontro el cuerpo sin vida de otra mujer, tam­bién vio­la­da y es­tran­gu­la­da, el cuerpo estaba en una mina de tezontle en la colonia San Pedro Barrientos, en Tlalnepantla.
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Lo úni­co que se sa­be de ella es que te­nía apro­xi­ma­da­men­te 22 años, 1.45 me­tros de es­ta­tu­ra, tez mo­re­na, com­ple­xión del­ga­da, ca­be­llo ne­gro cor­to y que ves­tía un pan­ta­lón de mez­cli­lla azul, blu­sa ne­gra y te­nis de lo­na azul.
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Al ser detenido, el 19 de febrero 2012, Cesar Armando confeso los crimenes y dejo que la policia tomara fotos de sus multiples tatuajes, tras ser llevado a una sala de detencion en la Subprocuraduría de Justicia ubicada en Tlalnepantla, en el pueblo de San Pedro Barrientos, donde estuvo detenido algunos dias, hasta que el dia 27 pudo evadir la vigilancia que 3 policias hacian sobre el detenido y escapo por una ventana.
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La Procuraduría mexiquense, según las primeras investigaciones, determinó que el modus operandi del chofer era abordar a sus víctimas cuando subían al microbús con número 066 de la ruta 2 que presta servicio del Metro Chapultepec a Valle Dorado.
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En sus declaraciones El Coqueto reconoció que primero trataba de ganar la confianza de sus víctimas cuando se quedaban solas a bordo del microbús y las engañaba diciéndoles que cambiaría de ruta para cargar gasolina o para llevarlas hasta su casa y así lograba abusar sexualmente de ellas y posteriormente matarlas.
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Castillo Cervantes explicó que la primera víctima fue una joven de 19 años, atacada en junio de 2010 y arrojada en Naucalpan, pero logró sobrevivir al fingirse muerta y lo denunció.
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Un año después asesinó a Blanca Delia Magaña, de 28 años, en Tlalnepantla. La tercera víctima, de 17 años, fue abandonada en calles de la colonia Juárez, en el Distrito Federal.
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La cuarta muerte ocurrió el 26 de noviembre de 2011. La víctima fue dejada en el emisor poniente del circuito mexiquense Cuautitlán Izcalli. Era una menor de 16 años. Fidelia Ayala fue su quinta víctima, cuyo cuerpo fue hallado el 25 de diciembre en la carretera Lago de Guadalupe.
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Luego atacó a otra joven de 18 años, localizada sin vida el 31 de diciembre de 2011 en la autopista México-Querétaro.
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Luego, el cuerpo de una mujer desconocida lo arrojó a un cárcamo en la avenida Reyes Heroles, Tlalnepantla. Su última víctima fue Patricia Briaño, de 35 años, cuyo cadáver fue ubicado en la carretera Lago de Guadalupe, en enero de 2012. Castillo señaló que en el caso de cuatro mujeres se pudo comprobar que el autor material fue El Coqueto, pero en el resto ya no se encontraron restos de semen que lo inculpen. El presunto homicida regalaba parte de las pertenencias de sus víctimas a su esposa, a quien decía que las compraba en el Metro.
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Actualmente se esta buscando al asesino para recapturarlo y enviarlo a prision, 2 de los 3 policias que por descuido lo dejaron ir, se encuentran profugos y el tercero esta actualmente declarando.
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Victimas:
01 No Identificada (19 años) Junio 2010 (sobrevivio) Naucalpan, Estado de Mexico
02 Blanca Delia Magaña Quintero (26 años)  2011 en Tlalnepantla, Estado de Mexico
03 No Identificada (17 años) 2011 en Col. Juarez, Ciudad de Mexico
04 Eva Cecilia Perez Vargas (16 años) 26 de Noviembre 2011 en Cuautitlan Izcalli, Estado de Mexico
05 Fidelia Ayala Garcia Pulido (22 años) 25 de Diciembre 2011 en Lago de Guadalupe, Estado de Mexico
06 No Identificada (18 años) 31 de Diciembre 2011 en Autopista Mexico-Queretaro
07 No Identificada (? años) Enero 2012 en Av. Reyes Heroles, Tlalnepantla, Estado de Mexico
08 Patricia Briaño (35 años) 18 Enero 2012 en la carretera Lago de Guadalupe, Estado de Mexico

lunes 23 de enero de 2012

LARRY EYLER "EL ASESINO DE LA AUTOPISTA" (ESTADOS UNIDOS)

Biografia:
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Larry Eyler nacio el 21 de diciembre de 1952 (1952-12-21) en      Crawfordsville, Indiana, se convertiria en uno de los peores asesinos de Estados Unidos.
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Entre marzo de 1982 y mayo de 1984, un frenético homicida llenó de cadáveres las carreteras de Illinois e Indiana. Sus víctimas fueron homosexuales, a los que mutilaba y reemplazaba los calcetines.
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El 22 de marzo de 1982, a las afueras de Lexington, Kentucky, comenzó un capítulo de homicidio reiterativo con la muerte a puñaladas de Jay Reynolds. El 3 de octubre siguiente, Delvoyd Baker, de 14 años, fue estrangulado y su cuerpo arrojado en un camino de Indianápolis. Veinte días después, la policía recobró el cadáver de Steven Crockett en una carretera de Kankakee, Illinois; estaba mutilado y con los intestinos de fuera. Todas las víctimas eran homosexuales. También en Illinois, el cadáver de otro homosexual, Robert Foley, fue abandonado en un terreno cerca de Joliet. El 4 de noviembre de ese mismo año, Craig Townsend, de 21 años, sobrevivió el ataque de un hombre que había contratado sus servicios sexuales. Townsend pudo aportar señales que posiblemente hubieran derivado en la captura de su agresor, pero prefirió evitarse problemas y huyó del hospital en que lo atendían.
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Era 1982, las agencias policiacas de la Unión Americana no tenían computarizados sus registros, trabajaban por su cuenta y rara vez intercambiaban información. Por ese motivo, las autoridades de Indiana e Illinois no relacionaron de momento los homicidios. El predador no reparó en esos pormenores: los ataques fueron continuos y aumentaron en brutalidad.
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Para cerrar 1982, el 28 de diciembre, la policía de Indiana recobró el cuerpo de Steven Agan, de 23 años, que mostraba un tajo en la garganta y múltiples heridas en el abdomen causadas por un arma punzocortante; los intestinos estaban expuestos. En este homicidio hubo un detalle que llamó la atención de los detectives: los familiares de la víctima dijeron que los calcetines que traía puestos Agan no eran de su propiedad. El mismo 28 de diciembre, John Roach, de 21 años, residente de Indianápolis, fue asesinado a puñaladas y su cuerpo arrojado a las orillas de la Interestatal 70, en el condado Putman, a aproximadamente hora y media de donde fue hallado Agan.
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Por la cercanía de ambos puntos, los cuerpos recuperados en los condados de Vermillion (Agan) y Putman (Roach) fueron enviados al Hospital Bloomington para su examen. El patólogo John Pless encontró las suficientes similitudes entre ambos homicidios que no dudó en señalar que las víctimas habían sido sacrificadas por el mismo individuo. Sus conclusiones las dio a conocer a la policía, pero ésta no le creyó.
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Mientras que la policía se mantenía en su postura de no pasa nada, la comunidad gay de Illinois e Indiana sabía que enfrentaba a un asesino serial, por lo que se corrió la voz de que se extremaran precauciones.
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Para las autoridades judiciales involucradas en los homicidios, las víctimas homosexuales, desentrañadas, a las que el criminal les reemplazaba los calcetines y en ocasiones los zapatos, no eran indicadores de que hubiera relación entre los delitos. Tuvieron que pasar diez asesinatos más, entre ellos el de un afroamericano, además de que el patólogo Pless seguía hallando la impronta de un mismo sujeto, para que la policía por fin se percatara de que tenían un homicida en serie caminando entre sus distritos rojos.
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Finalmente, las autoridades judiciales de Indiana conformaron una fuerza especial y entre los primeros resultados que arrojó la investigación fue el antecedente de un hombre llamado Larry Eyler, quien había estado involucrado en varios episodios de violencia contra homosexuales. Al unirse a la fuerza la policía de Illinois se reafirmó la tesis de Eyler como el sospechoso principal. Se le puso vigilancia especial noche y día.
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Larry Eyler no pudo luchar contra sus demonios internos y, pese al marcaje personal al que era sometido, visitó un distrito en rojo, donde contrató los servicios de un adolescente de 14 años. La policía lo detuvo, y si bien quedó libre, las autoridades revisaron su camioneta y su domicilio, donde hallaron varias pruebas que lo incriminaban en desapariciones y homicidios. Pero faltaban elementos para detenerlo de manera definitiva.
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La oportunidad llegó la madrugada del 21 de agosto de 1984, cuando un plomero, al hurgar en un montón de basura, removió una bolsa negra, de donde salió una pierna. Un testigo declaró más adelante que había visto a Larry Eyler, quien vivía ahí cerca, arrojar el bulto.
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Horas más tarde la policía llegó a despertar al sospechoso, quien dormía con un hombre cuando fue arrestado. Más adelante varios sobrevivientes señalaron al individuo como su agresor. Tras el juicio, Larry Eyler fue sentenciado a muerte. No llegó a su ejecución, murió el 6 de marzo de 1994 por complicaciones relacionadas con el sida. Dejó a su abogado un documento en el que confesaba 21 homicidios, aunque señaló que en cuatro de ellos había participado un cómplice que seguía libre. No dijo de quién se trataba.

viernes 21 de octubre de 2011

JOHN REGINALD CHRISTIE "EL AESTRANGULADOR DE RILLINGTON PLACE" (INGLATERRA)

Biografia:
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John Reginald Halliday Christie nació el 8 de abril de 1898 en Black Boy House, Halifax. Su padre, Ernest, trabajaba como diseñador de Crossley Carpets en Dean Clough MilIs. Era miembro fundador del partido conservador de Halifax, y persona destacada en la Liga Primrose, organización que promovía la pureza entre las clases trabajadoras. Era también el primer Superintendente de la Brigada de Ambulancias de St. John, de Halifax. La madre de Christie, Mary Hannah, era conocida como la “bonita Halliday” antes de su matrimonio, y le encantaba el teatro de aficionados. Christie, uno de los siete hijos, gozaba del cariño de su madre, pero temía a su disciplinado padre. “Casi teníamos que preguntar si podíamos hablarle”, escribió un día en la prisión de Pentonline. Pero el chico compartía el mal carácter y la mezquindad de su padre, y encontró pocos niños con quienes jugar. Christie cantaba en el coro del colegio y se hizo boy scout. Era el primero de la clase de aritmética y álgebra, y tenía gran habilidad con las manos, reparaba relojes y hacía sus propios juguetes. Cuando empezó a trabajar emuló a su padre ayudando en la sala de primeros auxilios y leyendo libros de medicina. “Siempre estuve seguro de dominar cualquier cosa que emprendía”, escribiría en sus diarios. “Pero una vez que la dominaba, mi interés se acababa”.
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Tres sucesos en su juventud tuvieron una influencia formativa sobre Christie.
1) Cuando tenía ocho años su abuelo materno murió y Christie vio el cadáver. Más tarde, describió la sensación estremecedora que sintió, fascinación y placer a la vez.
2) Un segundo suceso era el constante dominio que sus hermanas tenían sobre él. Ellas siempre estaban ordenándole. Una vez su hermana mayor, casada, lo invitó a su casa en Halifax, y mientras ella se estaba atando los zapatos, el joven John le vio la pierna hasta la rodilla. Aunque le dijeron que no tenía por qué avergonzarse, se ruborizó.
3) El tercero llegó siendo adolescente, después de dejar el colegio. Christie trabajaba en el Gem Cinema, en Halifax. Un día, él y algunos amigos bajaban por una calle conocida como el “Monkey Run”. Se encontraron a unas chicas con las que todos, menos él, corrieron aventuras. Christie resultó ser impotente. La noticia se extendió y empezaron a llamarle “Reggie el que no puede”. Nunca olvidó Ia humillación que experimentó.
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Los desastres continuaron. A los diecisiete años lo sorprendieron robando cuando trabajaba como oficinista en la Policía local. Fue despedido y su padre lo echó de casa. Christie fue, entre tanto, vagabundo, oficinista, zapatero, oficinista otra vez y desempleado. Algunas veces dormía en un solar que tenía su padre y a donde su madre le llevaba comida. A los dieciocho años, se le llamó a filas en la Primera Guerra Mundial y fue enviado a Francia. Dos años después, en junio de 1918, fue gaseado. Christie hizo hincapié en este hecho en los juicios a los que asistió posteriormente, pero la gravedad del gaseo nunca se estableció exactamente. Sin embargo, durante un corto período, recibió una pensión por incapacidad. A lo largo de su vida, Christie prestó una meticulosa atención a los detalles. Cuando estaba en el Ejército, durante la Primera Guerra Mundial, uno de los instructores le pidió que dejara su cuaderno de ejercicios como ejemplo de cuidado y pulcritud para otros reclutas.
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Una de las posesiones que guardaba como un tesoro era una fotografía que le hizo a su novia EtheI Waddington, en la cual aparecía con poca ropa. Christie disfrutaba mostrándola la imagen de quien sería su esposa a todos sus compañeros. Era una manera de reafirmarse sexualmente ante ellos. El 20 de mayo de 1920, se casó con la plácida, pasiva y desafortunada jovencita. Un año después, trabajando como cartero, fue sorprendido robando dinero del correo. Christie estuvo en prisión nueve meses. Al salir de la cárcel tuvo problemas de nuevo, pero se le trató con indulgencia. Los magistrados no lo confinaron por ser ex oficial militar y lo pusieron bajo libertad condicional.
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En 1924, Christie volvió a la cárcel durante otros nueve meses, esta vez en Uxbridge Petty Sessions, por hurto. En la cárcel, los compañeros de prisión enseguida conocieron su obsesión por la limpieza. Uno de los reclusos le ofreció un cigarrillo de droga y Christie le respondió: “No gracias, lo has tenido en tu boca. No es por ofenderte, claro está, pero no debes juzgarme por lo que aparento en estos momentos, chico. Esta no es mi propia ropa”. En otra ocasión le dijo a un compañero de prisión:“Siempre he intentado tener la ropa interior sin una mancha”. Si la apariencia de Christie siempre había sido anodina, él se veía como un seductor de mujeres. En alguna ocasión, rechazó la comparación con Boris Karloff, el actor conocido por películas de terror. “Me parezco más a Charles Boyer”, respondió, refiriéndose a uno de los actores de cine más románticos del momento. Pero a través de su petulancia, se notaba un evidente miedo a las mujeres. Las mujeres liberales, en particular, parecen haber sido su principal problema. “Las mujeres que te dicen ‘vamos, ven’, de cerca, no parecerían tan descaradas si estuvieran indefensas y muertas”, afirmó. También se enorgullecía de ocultar sus violentas intenciones a las que serían sus futuras víctimas hasta que, tal como lo dijo, “era demasiado tarde”.
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La información sobre los años siguientes varía. Había sido abandonado por su mujer y continuaba vagabundeando. En 1929, compareció otra vez ante un Tribunal por atacar a una prostituta con la que vivía. Los magistrados lo denominaron “un ataque asesino” y lo condenaron a seis meses de trabajos forzados. En 1933, después de otra temporada en prisión por robar el coche de un sacerdote católico que le ayudaba, Christie escribió a Ethel pidiéndole que volviera. Ella lo hizo y se quedó con él hasta su muerte. Desde 1939 a 1943 Christie fue un guardia especial. En 1939, justo antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, Christie había sido contratado como Policía Especial: a todos los efectos parecía haberse reformado. Pero su personalidad enferma pronto volvió a mostrarse. El y otro policía eran conocidos como “la rata y la comadreja”. Los vecinos empezaron a temer sus pasos, y era de sobra conocido que había presionado sexualmente a una chica alta y morena llamada Ruth Fuerst. La joven austríaca era empleada en una fábrica de municiones. Era muy pobre y empezó a ganar más mediante la prostitución. Pronto tuvo un hijo de un soldado estadounidense. Conoció a Christie cuando él estaba siguiendo la pista de un hombre buscado por robo. Ruth le pidió prestados diez chelines y el policía, viendo su oportunidad, la invitó a su casa.
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Christie y Ethel vivían en una dirección que se convertiría en mítica dentro de los anales del crimen: el número 10 de Rillington Place. Una tarde calurosa de agosto de 1943, mientras Ethel estaba ausente en Sheffield, Ruth volvió a llamarle. “Yo me sentía un poco tímido y acobardado por estar con ella en esa ocasión, pero me animó”, escribió en su diario. Tenía miedo de que su esposa se diera cuenta del adulterio; además, le molestaba que la joven lo buscase sin medir consecuencias.
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“Cuando el affaire terminó, la estrangulé”. Luego continuó describiendo lo que él llamó la belleza de la apariencia de la mujer muerta, y la paz que sintió. Igualmente grotesco fue el cauteloso y nocturno entierro que hizo de Ruth Fuerst, cuando su mujer regresó a casa inesperadamente. La chica terminó sepultada en el minúsculo jardín del número 10 de Rillington Place. Era su primer asesinato.
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Rillington Place se encontraba en la zona de Notting Hill, al oeste de Londres. Estaba más ruinoso que el resto de la zona. La línea del metro pasaba a lo largo de la calle hasta el final, donde se encontraba la fundición llamada Rickard Transport. La madre de Timothy Evans, la señora Probert, vivía junto a la esquina, en St. Mark's Road. Otra de las casas era donde Ruth Fuerst alquiló una habitación amueblada, en Oxford Gardens. En 1943, Ruth se convirtió en la primera víctima de Christie.
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Los bares de los hoteles Elgin y Kensington Park también eran frecuentemente visitados por Evans. El número 10 de Rillington Place sería un escenario idóneo para los asesinatos. No sólo era una casa pequeña, sino también muy destartalada. El lavadero que ocultaría los cuerpos de Beryl y Geraldine Evans medía poco más de metro y medio, y el jardín, en el que Christie cultivó judías, medía menos de veinte metros cuadrados. Los inquilinos de la casa podían esperar poco en el terreno de lo privado.
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Christie dejó la Policía a fines de 1943, y encontró trabajo en los Ultra Radio Works, en el West londinense. Allí trabó amistad con Muriel Eady. Supo que padecía un catarro y le dijo que él conocía un remedio. Muriel visitó Rillington Place una tarde de octubre de 1944 y, después de la taza de té de la que disfrutaban todas las víctimas, le mostró un inhalador. Era un tarro cuadrado con una tapadera metálica que contenía agua perfumada. Había dos agujeros en la parte superior y un tubo en uno de ellos, conectado a un conducto de gas. Confiando en que el perfume disimularía el olor a gas, Christie la persuadió para que inhalara. Luego, mientras iba quedándose inconsciente, la violó y después la estranguló. “Mi segundo asesinato fue realmente un crimen muy inteligente”, escribió en su diario, “mucho, mucho más inteligente que el primero. Lo planeé cuidadosamente”. Cortó su mechón de vello púbico y luego enterró a Muriel en el jardín, junto al cadáver de Ruth.
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De repente, los crímenes cesaron. En apariencia, pasarían diez años antes de que Christie volviera a asesinar. Christie se dio cuenta, astutamente, de que su principal ventaja siempre sería su propia personalidad. Siempre había sido extremadamente contradictorio. Por las tardes, iba a pasear con su mujer apoyada en su brazo, quitándose el sombrero cuando se encontraban con conocidos. Cuando él y Ethel visitaron a la familia de ella, en Leeds, hablaba de su “gran casa en Londres” con sirvientes. Pero nunca ganó más de ocho libras a la semana, el salario de un joven oficinista.
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Timothy Evans nació en Merthyr Vale (Inglaterra) el 20 de noviembre de 1924, en el seno de una familia católica. Tenía una hermana mayor, Eileen. Sus padres se separaron antes de que Timothy naciera. El padre de Evans se fue un día de casa y nunca se supo de él, ni se le volvió a ver. La señora Evans obtuvo un certificado que constataba la presunta muerte de su marido. En 1929 se volvió a casar con Henry Probert.
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Evans era un pésimo estudiante, sufría de un problema del habla y en sus primeros años no podía ni pronunciar su propio nombre. Su escolarización fue tardía por una herida en un pie, que le llevó a pasar durante diez años largas temporadas hospitalizado. En la depresión de los años treinta, la familia se trasladó a Londres. Evans comenzó el colegio en Notting Hill. El 20 de septiembre de 1947, se casó con una chica del lugar, Beryl Thorley. Timothy y Beryl se conocieron en una cita a ciegas. Ella tenía dieciocho años y era telefonista.
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Timothy y Beryl Evans se mudaron al último piso del número 10 de Rillington Place en la Semana Santa de 1948. Evans tenía 24 años, había visto el cartel de “Se alquila” fuera del edificio y como la pareja vivía con su madre y su padrastro, y ella estaba embarazada, necesitaban, rápidamente, encontrar casa. En octubre nació el bebé, una niña llamada Geraldine. Por primera vez en su vida matrimonial, los Evans parecían establecerse. En el piso de abajo residía Charles Kitchener, un ferroviario de toda la vida, que había vivido en el número 10 desde los años veinte. Vivía apartado, con la vista cada vez peor, lo que le hacía estar cada vez más tiempo en el hospital.
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El piso bajo estaba ocupado por los Christie. Timothy y Beryl se llevaban bien con ellos. A Ethel Christie le gustaba mucho el bebé, aunque podía haber notado que su marido encontraba a Beryl mucho más atractiva. Más tarde, tuvieron la oportunidad de trasladarse a otro piso en otro sitio, pero Beryl Evans era feliz en Rillington Place y quería quedarse. Ethel Christie había prometido cuidar a Geraldine cuando ella estuviese en su trabajo de media jornada.
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En el verano de 1949, Beryl se quedó embarazada otra vez. Estaba consternada, pues no deseaba tan pronto tener otro hijo, por lo que decidió abortar. Su marido estaba en contra, pero ella era inflexible: era una mujer muy joven, sólo tenía diecinueve años, y no tenía interés en estar atada a su casa. Haciendo averiguaciones, descubrió que había un abortista clandestino unos pocos kilómetros más allá, en la calle Edgware, que haría el trabajo por una libra y comunicó a varias personas sus intenciones. Una de ellas fue John Christie.
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Christie convenció a Beryl de que él podría hacerle el aborto en la misma casa. Luego habló con Timothy Evans y le dio a entender sus planes. “No sabía que supieses nada de medicina”, replicó Evans. “Desde luego que sí”, le dijo Christie, y furtivamente le enseñó lo que él llamaba “uno de mis libros de medicina”. No era más que un manual de primeros auxilios de la Brigada de Ambulancias de St. John, pero Christie sabía que Evans era casi analfabeta y que los dibujos lo iban a impresionar.
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 Fue imposible determinar exactamente cuándo tuvo lugar la operación. Había obreros en el número 10 trabajando en esa época, haciendo reparaciones en el yeso mojado del cuarto de baño y en el patio. Entre el 7 y el 8 de noviembre de 1949, Timothy Evans volvió a casa y se encontró con que John Christie lo esperaba. La operación no había sido un éxito, le dijo, y Beryl había muerto. Si Evans hubiera ido en ese momento a la policía, habría sido posible acusar a Christie de homicidio, pues el aborto era ilegal. Pero Evans no sabía qué hacer en un caso como aquel y astutamente, John Christie lo persuadió para que lo ayudara a llevar el cuerpo de Beryl al piso del ausente señor Kitchener. Haciendo esto, Evans se convertía en cómplice del crimen.
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Desolado, Evans quería llevarse a la niña, Geraldine, para dejarla al cuidado de su madre, la señora Probert. Christie lo disuadió prometiéndole que él y su mujer encontrarían a alguien que se ocupara de ella. Evans accedió. Cuando volvió del trabajo el 10 de noviembre, Christie de nuevo estaba esperándole, esta vez para decirle que una pareja de East Acton se había llevado a la niña para cuidarla. Asombrosamente, el manso Evans se limitó a asentir. Aceptaba todo lo que Christie hacía o decía sin rechistar. Su voluntad estaba nulificada. Christie también se ofreció a “ayudar” a Evans de otro modo; lo auxiliaría para poner el cadáver de Beryl bajo el desagüe. En los días que siguieron, todavía asesorado por Christie, Evans vendió los muebles de la casa por cuarenta libras, aunque parte de los plazos tenían aún que ser pagados. Evans se compró un abrigo de camello de diecinueve libras con las ganancias. Después de deshacerse de la ropa de cama manchada de sangre donde Beryl había muerto, pensó en irse a Bristol, pero cambió de opinión y se fue al sur de Gales con sus tíos. Evans no encontró la paz en Gales. Se torturaba mentalmente. Después de una breve estancia en Londres, le contó a su familia que Beryl se había separado de él. También recibió cartas de su madre reclamándole el pago de sus deudas. Evans decidió finalmente que sólo podía hacer una cosa. Se dirigió a la comisaría de Merthyr Vale y le contó al oficial detective que había matado a su mujer.
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Cuando Timothy Evans se dirigió a la comisaría de Merthyr Vale, el 30 de noviembre de 1949, y contó que se había deshecho de su esposa, la ley que regulaba entonces las confesiones era mucho menos rígida que la vigente hoy en día en Inglaterra. Hasta que la ley “de pruebas policiales y criminales” entró en vigor en 1984, los interrogatorios policiales se regían según las “normas de los juzgados”. Estas no eran más que unas cuantas reglas sueltas con el fin de defender a los sospechosos de presiones injustas en los interrogatorios. Pero con su aplicación no aseguraron automáticamente el derecho de Evans de hablar con un abogado en la comisaría, lo cual sí se hubiese podido hacer sin problemas bajo la nueva ley, que también prohibió a la Policía retener al sospechoso más de 36 horas antes de enviarlo a juicio o 72 antes de acusarle. Evans fue retenido durante tres días y medio sin poder ver a un abogado antes de ser acusado.
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Los intentos de mostrarse astuto delataron su ingenuidad. Pensó que podría entregarse por un crimen que no había cometido sin implicar a John Christie. Una extraña y enfermiza lealtad lo llevaba a tratar de proteger al asesino de su esposa. Contó a la policía que se había hecho con una botella que contenía algo que haría abortar a su mujer. La botella, dijo, se la dio un hombre que había encontrado casualmente en un café, entre Colchester e Ipswich. Su mujer la había hallado justo antes de que él se fuera a trabajar. A su regreso la encontró muerta, aunque no le había dicho que bebiera el contenido de la botella. Abrió un desagüe, en la salida de la puerta delantera, puso allí el cadáver de su mujer, y quedó con alguien para que cuidara a la niña.
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La Policía de Merthyr Vale se puso en contacto con Notting Hill para que enviaran oficiales a registrar el pozo de inspección del número 10 de Rillington Place. Se necesitaron tres hombres para levantar la tapa. El desagüe estaba vacío. De vuelta en Merthyr, Evans fue informado de esto, pero insistió en que él solo había levantado la tapa y empujado dentro a Beryl. Su declaración fracasó al ser recusada por un detective. Hizo una segunda confesión, y esta vez implicó a Christie como el practicante del aborto. Se llevó a cabo otra investigación en Rillington Place. No fue demasiado meticulosa. El hueso del muslo de una de las víctimas de Christie, Muriel Eady, estaba clavado en la valla del jardín, y nadie se dio cuenta. La búsqueda fue un fracaso con respecto al objetivo de desenterrar algún cuerpo, pero la Policía encontró una cartera robada. Era suficiente para conseguir el arresto de Evans. Christie fue citado en la comisaría y ofreció una representación magistral, basándose en el sentimiento de hermandad que existía entre antiguos compañeros del cuerpo militar. Dio toda clase de detalles sobre las supuestas discusiones de los Evans y de las quejas de Beryl acerca de los malos tratos que recibía. Otra investigación, más determinante, se realizó en Rillington Place. Esta vez la Policía encontró lo que buscaba. El cadáver de Beryl Evans fue hallado envuelto en un mantel verde detrás de un tronco. El cuerpo de Geraldine se encontró detrás de la puerta, con una corbata alrededor del cuello. Un patólogo, el doctor Donald Teare, dijo que ambas víctimas habían sido estranguladas. El ojo derecho y el labio superior de Beryl estaban hinchados, y había señales de lesiones en su vagina. El médico pensó limpiarlas, pero “otros pensaron que no era necesario”.
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Para la policía era ahora un “simple asunto doméstico”. Evans fue llevado a Londres el viernes 2 de diciembre de 1949. El grupo llegó a la estación Paddington a las 21:30 horas. Menos de media hora después, Timothy Evans hizo una primera breve declaración, en la comisaría de Notting Hill, diciendo que había estrangulado a Beryl con una cuerda y que la había puesto en el lavadero, después de que los Christie se fueran a la cama. Dos días después, él había estrangulado al bebé y lo había puesto también allí. El detenido hizo otra declaración más larga. Llevó 75 minutos escribirla y leérsela. Esta repetía las primeras confesiones que había hecho, pero con más detalles, diciendo que su mujer le iba sumiendo cada vez en deudas más profundas.
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Evans fue acusado de asesinar a su mujer e hija. La Corona decidió proceder sólo en cuanto al asesinato de la niña. No habría misericordia para tal crimen. El juicio de Timothy Evans por asesinato comenzó en el Tribunal número uno de Old Bailey, el 11 de enero de 1950, ante el juez Wilfrid Lewis. La Corona estaba representada por Christmas Humphreys, consejero del rey.
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En el estrado de los testigos, John Christie se ganó la compasión de los asistentes diciéndole al juez que tenía dificultad al hablar porque había sido gaseado durante la Primera Guerra Mundial, mientras defendía a su país. Su servicio como guardia especial confirmó la impresión de ser un ciudadano prudente y cumplidor de sus deberes.
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A Morris le hubiera gustado basar la defensa en la segunda confesión, pero se había establecido que Beryl murió estrangulada y no a causa de un aborto. Sugirió que Christie sabía algo más sobre las muertes de Beryl Evans y su hija. Christie únicamente respondió: “es mentira”. Negó haber tomado parte en el aborto o tener libros de medicina, y dijo que había estado en la cama con gastroenteritis el día de la muerte de Beryl. Sus enfermedades hicieron que se ganase de nuevo la compasión del jurado.
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 El juez habló en contra de Evans y el jurado sólo estuvo deliberando cuarenta minutos. El veredicto fue “culpable”, y la sentencia, muerte en la horca. Al final, aterrado, el infeliz Evans gritaba que el vecino había matado a las dos. A los abogados, consejo, familia, oficiales de prisión y sacerdotes, les repetía la misma historia. Pero, por supuesto, nadie le creyó.
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Después de que una apelación fuese rechazada el 20 de febrero, esperó pacientemente la suspensión de la pena por la Secretaría del Interior. Había cierta inquietud pública sobre el veredicto. Se hizo una petición de clemencia con mil ochocientas firmas, que fue presentada en el Ministerio del Interior. Pero no se concedió la suspensión de la pena. Timothy Evans fue recibido de nuevo en la Iglesia Católica por un sacerdote y a las 08:00 horas del 9 de marzo de 1950, fue ahorcado dentro de los muros de la prisión. Allí mismo lo enterraron.
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Ethel Christie fue vista viva por última vez entregando ropa en la lavandería el 12 de diciembre de 1952. Dos días después fue asesinada y la ropa nunca fue recogida. Durante algunas semanas su marido mantuvo la apariencia de que aún estaba viva. Poco después de Navidad escribió una carta a la hermana de Ethel, en Sheffield, diciendo que ella no podía escribir por el reumatismo en los dedos. Arriba de todo garrapateó: “No te preocupes, ella está bien. Yo prepararé la cena de Navidad. Reg.” En otra carta que Ethel había escrito con anterioridad, pero no enviado, cambió la fecha de 10 de diciembre por 15 de diciembre.
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El 14 de diciembre de 1952, según su propia versión, John Christie despertó por unas repentinas convulsiones que estaba sufriendo Ethel. Por entonces su mujer estaba vieja y artrítica. Escribió en su diario que él no podía hacer nada para devolverle la respiración y que decidió dar fin a su desgracia de la manera menos dolorosa. Ethel Christie murió en su cama por estrangulación. “Durante dos días dejé el cadáver de mi esposa en la cama y luego quité las tablas del suelo del cuarto principal y la enterré”. Afirmó también que este acto de piedad le causó mucho dolor. “Desde el primer día la eché de menos. El tranquilo amor que ella y yo teníamos ocurre sólo una vez en la vida”.
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Toda apariencia de normalidad que Christie parecía mantener, desapareció con la muerte de su mujer. Vendió la mayor parte de los muebles y vivió en el piso con el perro y el gato, a los que adoraba. Entre diciembre de 1952 y marzo de 1953, espió, atrajo y asesinó a tres mujeres más. Primero, Kathleen Maloney fue asesinada mientras la fotografiaba sentada en una hamaca. Sería algo que haría con todas sus víctimas: pedirles que se sentaran en la hamaca, compartir con ellas una taza de té y después asesinarlas. Christie la estranguló, violó el cadáver y después buscó dónde ocultarla. Le cortó además parte del vello púbico, para guardarlo como recuerdo. Con todas sus víctimas haría lo mismo: era su trofeo, su fetiche, el recuerdo de sus crímenes. Envolvió el cuerpo en una cobija y lo metió en un hueco de la cocina, detrás de una pared falsa.
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Rita Nelson acababa de saber que estaba embarazada, cuando desapareció el 12 de enero. Tenía veinticinco años y se topó a Christie en un café. Él la abordó, la invitó a ir a su casa. Una vez allí, le preparó un té y luego le aplicó su máquina de gas. También la estranguló, violó el cadáver, cortó un poco de vello y la escondió en la pared de la cocina.
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Hectorina MacLennan fue su última víctima conocida. Tenía veintiséis años de edad. La conoció en un café y le ofreció alojamiento. Fue algo sorprendente cuando ella volvió para recoger a su novio, Alexander Baker. Ambos estuvieron en Rillington Place durante tres noches. El 6 de marzo, Christie los siguió hasta una oficina de cambio de moneda. Mientras Baker entraba a trabajar, él la convenció para volver al piso. Ella se lo dijo a su novio, y él más tarde fue a buscarla. Christie le había dado una bebida y puso a funcionar el conducto de gas. Ella lo vio, se enfureció y entonces empezaron a forcejear. Christie la estranguló, violó el cadáver, le quitó vello púbico y luego colocó el cuerpo en una silla, enganchado por un tirante a las piernas de los restos de Kathleen Maloney, para mantener su cuerpo en una posición erguida. Su novio la buscó y Christie inclusive se ofreció a ayudarlo. Durante tres noches ambos la “buscaron”, infructuosamente. Aunque Baker denunció la desaparición a la policía, el caso quedó sin resolverse.
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El orgullo que Christie sentía por su “habilidad artística” era evidente. Le entusiasmaba demostrar que un “toque” decente y respetable estaba presente en sus acciones. “Les di una salida misericordiosa”, escribió. Las numerosas confesiones que realizó, sin embargo, no querían decir que él intentara declararse culpable de asesinato. Era todavía un hombre despiadado y calculador que esperaba evitar la horca demostrando que su manía homicida era, de alguna manera, excusable. Claramente, ningún jurado aceptaría esto si se creía que había matado a un niño. La acusación estaba igualmente preocupada en no implicar a Christie en la muerte de Geraldine. Esto significaría que habían mandado a la horca a un hombre inocente.
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John Christie se fue de allí poco después, dejando todo abandonado y sucio. Unos días después, la destartalada cocina del piso bajo por fin iba a limpiarse. Beresford Brown, un hombre que vivía en una habitación en el último piso, estaba encantado. Toda la casa se había deteriorado desde la guerra. El número 10 de Rillington Place estaba situado en lo que luego sería uno de los distritos más ricos del norte de Kensington. Pero en marzo de 1953, el callejón de hileras de casas, con puertas de piedra derrumbadas, se había convertido en una de las calles más abandonadas de Ladbroke Grave. Brown había visto todo tipo de inquilinos instalándose y dejando la casa. Muchos de ellos habían sido vagabundos, apenas preocupados por las condiciones de vida. En el distrito todo el mundo conocía el horrible crimen de 1949, cuando el joven galés Timothy Evans mató a su esposa y a su hija. Lo habían ahorcado. El último elemento de enlace con esos días había desaparecido. John Christie, el hombre pequeño y tranquilo que había vivido en el piso bajo, se había marchado. Primero se había ido su mujer y luego él. Hubo un tiempo en que a menudo volvía con mujeres desaliñadas, por pocas horas, en esos últimos días. Pero actualmente eso no ocurría.
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Beresford Brown estaba alegre. El día antes, el casero había llamado para cerciorarse de que Christie había alquilado su piso ilegalmente a dos subinquilinos, una pareja llamada Reilly. Habían pagado a Christie siete libras y trece chelines, tres meses de alquiler, por adelantado. El arrendatario dijo inmediatamente a la pareja que se fuera por la mañana y había dado permiso a Brown para utilizar la cocina del piso bajo. Tenía la oportunidad de emplearla como casa y no el deprimente tugurio, lleno de basura, que Christie había dejado tras de sí. Nadie sabía, ni a nadie le importaba, a dónde había ido Christie. Se había marchado la misma mañana en que el señor y la señora Reilly llegaron, pidiéndoles prestada una de sus maletas para empaquetar algunas cosas de mujer, así como algunos marcos y fotografías. Les comentó que había sido trasladado a Birmingham y que su mujer había partido antes que él.
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Brown se dedicó a la tarea de limpiar aquel lugar. Durante los siguientes días sacó pilas de ropa, basura y toda clase de desechos, y los tiró al basurero del jardín trasero, junto al lavadero. Las paredes de la cocina estaban descascaradas, con pintura vieja y no ofrecían ninguna comodidad. Finalmente acabó con la basura y se dispuso a comenzar las reparaciones. Encontró un sitio donde poner su radio de transistores y después agujereó lo que él pensaba que era una pared. Sonó algo hueco. Agujereó otra vez y arrancó un pedazo del deteriorado papel. Allí no había ninguna pared, sino una puerta de madera encubierta que tapaba un hueco. Incrédulo, Brown encendió su linterna al entrar. Al principio no podía creer lo que veía. Tirando la linterna al suelo, corrió hacia el segundo piso a buscar a otro inquilino, Ivan Williams. Cautelosamente bajaron las escaleras y encendieron la linterna de nuevo.
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Sentado sobre un montón de basura había un cadáver de mujer medio vestido. Llevaba un jersey blanco de algodón cogido con un imperdible. Brown llamó a la policía. Los detectives descubrieron inmediatamente que el número 10 de Rillington Place ocultaba no uno, sino varios cadáveres. La primera mujer encontrada en el hueco estaba enganchada a una sábana que envolvía un segundo cuerpo. Detrás de ellos había un tercero en una manta de lana, atado por los tobillos con un plástico. Las tres mujeres habían sido estranguladas. En las primeras horas del día siguiente, 25 de marzo, un cuarto cadáver de mujer se encontró bajo unos escombros de la sala principal. Se trataba de Ethel Christie.
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La policía hizo un alto durante la noche. Varios agentes fueron situados en la puerta de la casa y un guardia permaneció allí durante varias semanas. En la prensa, los detectives anunciaron el más brutal asesinato múltiple hasta entonces conocido en Londres. Había un “testigo crucial” que creían podía ayudarles en sus investigaciones. Su nombre era John Christie. Se puso en circulación la descripción del arrendatario: esbelto, pequeño y de mediana edad. La opinión pública fue requerida para informar de cualquier pista sobre su paradero. La cara de Christie apareció en todos y cada uno de los periódicos nacionales de Inglaterra.
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Los trabajos de excavación llevados a cabo en el pequeño jardín de Rillington Place descubrieron dos cadáveres más de mujer. Los exámenes médicos determinaron que llevaban sepultadas diez años aproximadamente. Un conocido especialista en patología, el doctor Francis Camps, dictaminó que ambas habían sido estranguladas.
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El cráneo de una de las mujeres había desaparecido. La búsqueda continuó. Se colocaron largas barras en la chimenea. Una antigua caldera de cobre se cambió de lugar. Médicos y detectives iban y venían, mientras los curiosos se agolpaban a la entrada del callejón.
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De Christie no había ni rastro. La policía todavía no le había seguido la pista, pero la prensa sabía dónde encontrar a sus antiguos compañeros. Durante la guerra había sido un guardia especial de la Reserva en la comisaría de Harrow Road, al oeste de Londres. Uno de sus colegas lo recordaba bien. “Trabajé con él en investigaciones criminales de todo tipo”, contó a los periodistas, “siempre estaba aislado, reticente y nunca se mezclaba con los chicos. Pero conocía su trabajo. Christie llevó a ladrones, chantajistas, timadores y violadores al banquillo”.
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El día que abandonó Rillington Place, Christie había hecho una reserva para siete días en Rowton House, ahora el hotel Mount Pleasant, en King's Cross Road. Contrataba a prostitutas y les pedía que se fingieran muertas; a una la dejó desmayada tras apretarle el cuello y luego la violó mientras estaba inconsciente. Pero pronto se trasladó, merodeando y a menudo perdido, a otras zonas de Londres. En ocasiones se encontraba en el East Ham o Barking, a kilómetros de distancia de casa. Entonces volvía a la zona norte de Kensington.
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Pasó la mayoría de esos días en cafés. En uno de ellos, en Pentonville Road, al norte de Londres, conoció a una mujer llamada Margaret Wilson y se ofreció a practicarle un aborto cuando ella le confesó que estaba embarazada. Muchas mujeres lo encontraban repugnante a primera vista, pero unas pocas infortunadas se quedaban fuertemente impresionadas por su aire autoritario.
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Con frecuencia se jactaba de este poder sobre las mujeres. “Difícilmente podía ir a un sitio sin que las mujeres se me acercaran por docenas”, diría después. En otra ocasión, Christie comentó: “No era yo quien las engatusaba. Las mujeres se sentían atraídas hacía mí”.
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Hubo muchas “visiones” de Christie. Se le vio durmiendo en un vagón, había tomado un coche con destino al norte, había ido al extranjero. Se recibieron docenas de llamadas. Una mujer que vivía en Rillington Place, Florence Newman, informó de que había visto a Christie merodeando por el callejón.
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El 31 de marzo, el policía Thomas Ledger vio a un hombre tirado en el terraplén del puente de Putney. “¿Qué está haciendo?”, preguntó el policía. “¿Busca trabajo?” El pequeño hombre de mediana edad dijo que estaba esperando su cartilla de desempleo. “¿Puede decirme quién es usted?”, continuó el policía. “John Waddington, 35 Westboume Grove”, fue la respuesta. El joven policía alertado estudió detenidamente la cara del individuo y le pidió que se quitara el sombrero. Los claros rasgos confirmaron la sospecha de Ledger. "No, usted es John Reginald Christie", le dijo. La búsqueda había terminado. Dentro del coche de la policía se le pidió que vaciara sus bolsillos. Encontraron un recorte de periódico sobre el juicio de Timothy Evans en 1950.
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Tres años después de que Evans fuera ahorcado, Christie fue arrestado. La noticia tuvo gran impacto: la percepción de la opinión pública era que dos asesinos habían vivido en la misma casa. Christie fue enviado a la prisión de Brixton y una vez adentro, no ocultó su violencia contra las mujeres. Abogados, compañeros de prisión y finalmente la prensa, fueron “invitados” a un riguroso y detallado relato de sus asesinatos.
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El juicio de Christie comenzó en el tribunal número 1 de Old Bailey, el 22 de junio de 1953. En el mismo tribunal, tres años antes, había prestado declaración como testigo y había negado haber asesinado a Beryl Evans. Ahora, iba a admitir que sí la había asesinado. Como Timothy Evans, Christie iba a intentar ser acusado de un solo cargo. Pero por entonces, todo el país sabía que un asesino de mujeres iba a estar en la vista luchando por su vida. John Christie había confesado siete crímenes: dos en 1943, Beryl Evans en 1949, su mujer Ethel en 1952 y las otras tres mujeres a principios de 1953.
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A las 06:00 horas del 18 de mayo, el cadáver de Beryl Evans había sido exhumado en el cementerio de Kensington Borough en Gunnersbury, para ser examinado por tres patólogos: Keith Simpson, Francis Camps y Donald Teare. El cadáver de Geraldine, por cuyo asesinato su padre había sido ahorcado, yacía con el de su madre. Tuvieron que hacer grandes esfuerzos para identificar los huesos de las víctimas. En el caso de Ruth Fuerst, la primera víctima conocida, su cráneo había sido reconstruido con 110 pedazos.
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Una de las cosas más extrañas encontradas en el número 10 de Rillington Place fue la lata de tabaco que contenía varios mechones de vello púbico. Uno era de Ethel Christie. Los otros se correspondían con las tres mujeres encontradas en el armario. Es posible que dos de ellos fueran tomados de cuerpos enterrados en el jardín. Pero esto dejaba varios más sin explicación. En el juicio, Christie dijo que no sabía de quiénes eran, pero que podría haber asesinado a otras personas y no recordarlo.
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Los peritos médicos por parte de la Corona rechazaron esto. En particular, el doctor Desmond Curran, del hospital de St. George, expresó la opinión de que el acusado era “anormal y orgulloso”, pero que no sufría de ningún tipo de locura. Al cuarto día del juicio, el juez comenzó a recapitular. El jurado se retiró a las 16:05 horas y regresó 82 minutos más tarde. “¿Encuentran al prisionero culpable o no culpable?”, se le preguntó al jurado. “Lo encontramos culpable”, afirmaron. El magistrado Finnemore firmó la sentencia de muerte. John Reginald Christie no dijo nada. Christie fue sentenciado el 25 de junio de 1953.
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John Scott Henderson tuvo también que entrevistarse con el abogado de Evans y Christie, y con otros numerosos oficiales del caso. Scott Henderson visitó en la prisión durante algo más de una hora al asesino. El permiso lo había obtenido un oficial de policía que ayudaba en la investigación. Este había advertido a Christie de que sería interrogado sobre la muerte de la pequeña Geraldine, añadiendo que no había pruebas de que él la hubiera matado. El informe, presentado el 13 de julio, dejó perplejos a los dos bandos del debate. Concluía con una aplastante afirmación: Timothy Evans había asesinado a su hija y también a su mujer. En otras palabras, Christie dijo la verdad en el juicio de Evans, pero mintió en el suyo, y en que había habido dos estranguladores en el número 10 de Rillington Place.
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El acusado, en su celda, disfrutó de una posición que nunca antes le había sido concedida. Pero dos días antes de su ejecución un viejo conocido declaró que estaba deshecho. “Ya no me importa lo que pueda pasar. No tengo nada por lo que vivir”, le había dicho. Su abogado declaró que no habría recurso formal contra la sentencia. Christie escribió a otro amigo diciéndole que se encontraba bien y estaba disfrutando de la comida. “Realmente debería felicitar al cocinero”, escribió. “Todo está francamente bueno y en mucha cantidad. Incluso estoy engordando”. Posiblemente sufría en su celda el “Síndrome del Peso”. Muchos prisioneros engordan antes de su ejecución. Christie vendió su historia al Sunday Pictorial. Las descripciones escalofriantes de sus crímenes no aportaron nada que ayudara a desvelar el misterio. Poca gente, aparte de los abolicionistas, se lamentaron de su pronta ejecución. Los acontecimientos de 1949, y los asesinatos de Beryl y Geraldine Evans, necesitaban una explicación más amplia. Al doctor Hobson, el psiquiatra que testificó a su favor durante el juicio, se le prohibió verle de nuevo, lo que le causó un enfado considerable, ya que creía que la memoria en decadencia de Christie aún podía ser revivida, y tratándole con cuidado descubrir el lugar exacto donde se encontraba la pequeña Geraldine.
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Había alrededor de doscientas personas en la prisión de Pentonville a las 09:00 horas del 15 de julio de 1953. Los numerosos espectadores habían viajado desde Escocia, Gales, Irlanda, e incluso de Australia y Estados Unidos. Un camionero declaró que había hecho el camino de una tirada para llegar justo a tiempo. A pesar de esto, las autoridades habían contado con mucha más gente y con posibles problemas. No hubo incidentes del tipo de los ocurridos en la prisión de Wandsworth, cuando al comienzo del año, un adolescente retrasado mental, Derek Bentley, fue colgado por haber asesinado a un oficial de policía.
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Una docena de oficiales hacía guardia con las armas al hombro, mientras que los refuerzos estaban situados en las puertas. Dentro, el verdugo más famoso de Inglaterra, Albert Pierrepoint, quien había ejecutado a Timothy Evans y a la famosa asesina pasional Ruth Ellis, estaba con Christie ya preparado. A las 09:10, un guardia apareció en la puerta, con una nota con ribetes negros que colgó en la pared. Era el anuncio de que John Reginald Christie había sido ejecutado. Evans y Christie estaban muertos y sus nombres ligados a una serie de grotescas perversiones. Cuando pasaron los años de posguerra, las actitudes ante el caso cambiaron. A lo largo de los años cincuenta del siglo XX, al mismo tiempo que crecía el movimiento para abolir la pena capital, el destino de Evans preocupaba a más y más gente. Los parlamentarios laboristas nunca dejaron el asunto en paz: Michael Foot y Tony Benn, entre otros, hablaron elocuentemente sobre el asunto en la Cámara de los Comunes. El primer libro en examinar extensamente el caso fue el de Michael Eddowes, El hombre sobre tu conciencia (1955), en el que echaba por tierra el caso Evans. Periódicos y revistas hicieron presión a favor de una investigación más extensa. En 1961 la película 10 Rillington Place, de Ludovic Kennedy, también cuestionó el caso Evans. El director creía que Christie era un necrófilo; cualquiera podría darse cuenta de que era un enfermo mental, tal y como su abogado había argüido en 1953.
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En 1961 el Secretario del Interior, R. A. Butler, rechazó una nueva investigación, pero admitió que él había considerado "realmente conceder el perdón a Evans”. En 1965, con el Partido Laborista en el Gobierno, la pena capital fue abolida por un período experimental de cinco años. En el mismo año se ordenó finalmente una nueva investigación: los hombres que se ocuparon del caso tuvieron más tiempo para reflexionar sobre los descubrimientos, que el que había tenido Scott Henderson, quien tuvo que acelerar el trabajo para redactar el informe antes de la ejecución de Christie en 1953. El 18 de octubre de 1966, Timothy Evans fue perdonado póstumamente. Sus restos fueron trasladados a una nueva tumba en el cementerio de St. Patrick, en Leytonstone, Essex.
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La policía tuvo que hacer dos visitas al 10 de Rillington Place para encontrar los cadáveres de Beryl y Geraldine Evans en el lavadero. El cadáver de la mujer fue descubierto doblado en dos, envuelto en una sucia manta, escondido debajo del fregadero. El cuerpo fue hallado completamente vestido, pero con una corbata alrededor de su cuello. El hueco de la cocina resguardaba el cadáver de Hectorina MacLennan. Las frías temperaturas de aquellos días habían retrasado la descomposición, impidiendo que los cuerpos despidieran un olor pútrido. El forense determinó en su informe que Christie había abusado de sus víctimas después de matarlas. El cadáver de Ethel Christie fue encontrado bajo las tablas del suelo de la habitación principal. Christie declaró que la había matado por piedad. La señora Christie estaba claramente incómoda allí, sufría de insomnio las semanas antes de su muerte y su médico le prescribía sedantes y pastillas para dormir. En este estado mental, posiblemente Christie asesinó a Ethel para impedir que revelara lo que ella sabía o sospechaba.
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Victimas conocidas:
(1943: Ruth Fuerst, 21 años)
(Octubre de 1944: Muriel Eady, 32 años)
(8 de Noviembre de 1949: Beryl Evans, 20 años)
(8 de Noviembre de 1949: Geraldine Evans, 13 meses de nacida)
(12 de Diciembre de 1952: Ethel Christie, 54 años)
(19 de Enero de 1953: Rita Nelson, 25 años)
(Febrero de 1953: Kathleen Maloney, 26 años)
(Marzo de 1953: Hectorina MacLennan, 26 años)

martes 4 de octubre de 2011

CHO SEUNG-HUI "LA MASACRE DE VIRGINIA TECH" (ESTADOS UNIDOS)

Biografia:
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Cho Seung-hui (Seúl, Corea del Sur, 18 de enero de 1984 - † Blacksburg, Virginia, Estados Unidos, 16 de abril de 2007) fue un estudiante surcoreano identificado por las autoridades como el autor de la masacre de Virginia Tech.
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Cho nació en Corea del Sur. Su familia vivía en Seúl, en un apartamento de alquiler. Cho Seung-hui tuvo un diagnostico de autismo a la edad de 8 años, según informó su familia. Lim Bong, el casero de la familia en Corea, manifestó que "No sabía lo que él (el padre de Cho) hacía para ganarse la vida. Pero ellos tenían una vida pobre", dijo Lim al periódico. "Hasta que emigraron, dijo que habían ido a Estados Unidos porque era difícil vivir aquí (en Corea del Sur) y que es mejor vivir en un lugar en el que nadie les conozca."
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Seung-hui emigró a los Estados Unidos a los ocho años con sus padres y su hermana mayor.
Su familia vive en el Condado de Fairfax, al norte de Virginia, una zona opulenta que está cerca de Washington DC.
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Según la universidad Virginia Tech, Seung-hui era un estudiante de literatura inglesa en su último año. Él era un estudiante surcoreano y residente extranjero en los Estados Unidos, y tenía su dirección en Centreville, Virginia.
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Retrospectivamente especialistas aseguran que pudo haber sido un chico objeto de maltrato o incluso abuso sexual, haber padecido psicopatía, esquizofrenia paranoide, trastorno bipolar y otros desordenes pero posiblemente fue la depresión lo que precipito su asesinato en masa. Es muy improbable su conducta en individuos del espectro del autismo (ningún caso conocido de asesinos de masas dentro del espectro).
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Se ha descrito como una persona solitaria que apenas hablaba o lo hacía con frases cortas. Demostraba muchos signos de violencia y comportamientos aberrantes, tales como prender fuego en su habitación a causa de quemar objetos en la papelera, fuego que se extendió a una camiseta pero quedó en un susto. Sus profesores de escritura y compañeros de clase han dicho que sus trabajos escritos llevaban un tono violento.
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Sus compañeros de habitación y otros estudiantes han dicho que a veces insistió en que se le llamase "Question mark" (en español: signo de interrogación). Una estudiante dijo que el primer día de una clase de literatura, se hizo circular una lista de estudiantes; en lugar de su nombre y apellido, Cho sólo puso el símbolo «?». Sus compañeros de habitación también dijeron que una noche tras tomar unas cervezas, confesó tener "una novia inventada que vivía en el espacio". Una vez tras haber sido rechazado por una mujer que le gustaba, según sus compañeros de habitación, pensó en suicidarse, Según su ex compañero, el estudiante coreano era “solitario, obsesivo con la violencia y tenía serios problemas personales” y, aunque trataron de socializar con él no lo lograron: “parecía que no quería ser amigo de nadie”.
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Ian MacFarlane cursó junto con Cho un ramo de dramaturgia: “Cuando escuché por primera vez sobre el tiroteo en Virginia Tech ayer, mi primer pensamiento fue sobre el bienestar de mis amigos, y el segundo fue ‘apuesto que fue Seung Cho'”.
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Según ABC, Cho dejó "una nota inquietante" antes de la matanza de dos personas en un cuarto del edificio de dormitorios, para volver luego a su propio cuarto a rearmarse y entrar en un aula al otro lado de campus para seguir su ataque. Se confirmó la identidad de Cho por las huellas digitales sobre las armas usadas en el ataque, huellas que fueron comparadas con sus documentos de inmigración.
Los motivos de la masacre principalmente fueron, el trastorno psicológico de Cho (psicopatía con desorden alucinatorio de tipo persecutorio) causado por su dura infancia y su realidad alternativa, realidad en la que se siente poderoso y es esto lo que se observa en los 27 videos enviados a la NBC y en el manifiesto, poder que viene razonado mediante causas y motivos retorcidos que no cobran sentido en ningún lugar más que en la mente del propio Cho.
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Poco después de la masacre se creía que era el novio de su primera víctima, Emily Hilscher, y que los problemas en su supuesta relación había sido el motivo. Sin embargo, hasta ahora se cree que estaba obsesionado con ella, que él la estaba persiguiendo, y que ella lo rechazó.
Las palabras "Ismail Ax" fueron encontradas escritas en su brazo con tinta ocre.
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Inmediatamente después de los primeros dos asesinatos y antes de unos 30 más, Cho mandó por correo un video a NBC News junto con un manifiesto escrito de unas 1800 palabras. El domicilio para respuesta se leía "A. Ishmael". Este video no llegó a NBC News hasta tres días después de la masacre, porque el paquete tenía el código postal equivocado.
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En el manifiesto podía leerse alusiones a famosos acosadores sexuales de menores y sobre todo denotaba un gran odio a las clases altas de la sociedad y gente popular.
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Su cita textualmente del manifiesto: "¿Saben qué se siente el ser humillado y apaleado en una cruz?¿Y dejado desangrar hasta la muerte para diversión de ustedes? Nunca han sentido ni una simple onza de pánico en su vida [...]" Con ello se refiere a la gente que según Cho creía eran snobs y adinerados.
En las fotos enviadas a la NBC se puede observar a Cho en posturas (se cree) crísticas/mesiánicas. En el manifiesto se denomina a él un precursor en pro de los débiles.

CAMPO ELIAS DELGADO "LA MASACRE DE POZZETTO" (COLOMBIA)

Biografia:
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Campo Elías Delgado (24 de junio de 1934 – 4 de diciembre de 1986) nació en Colombia y fue un veterano de la guerra de Vietnam adscrito al ejército de los Estados Unidos. El 4 de diciembre de 1986 se convirtió en spree killer cuando asesinó a 32 personas e hirió a 15 más en el edificio donde vivía y en el restaurante Pozzetto de Bogotá. Estos crímenes, se conocen como la "Masacre de Pozzetto", Campo Elías ocupaba el récord de haber asesinado a 29 personas solo, hasta que se lo arrebató Cho Seung-hui, cabe destacar que, Campo Elías solo contaba con un revolver y un cuchillo, mientras Cho con dos pistolas semiautomáticas.
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El autor colombiano Mario Mendoza escribió una novela testimonio en la que representaba estos acontecimientos a la cual llamó "Satanás" y que recibió el premio Biblioteca Breve en 2002. Posteriormente fue llevada al cine por el director Andrés Baiz.
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Nació el 24 de junio de 1934 en Chinácota, Colombia y estudió medicina. En 1970 fue reclutado durante la guerra de Vietnam en donde estuvo presente en dos oportunidades, la segunda de voluntario y fue ingeniero electrónico, parte de la Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos, un Boina Verde y parte del cuerpo de las Fuerzas Especiales del Ejército de los Estados Unidos con algunas distinciones.
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Algunos de sus conocidos reportaron que después de su experiencia en la guerra se volvió antisocial y amargado. Un refugiado en las calles de New York, después de luchar con un ladrón regresó a Bogotá. Su sueño era convertirse en un gran escritor. Después de su regreso como héroe de la guerra de Vietnam, Delgado sobrevivía dando clases privadas de inglés y estaba desarrollando estudios superiores en la Universidad Javeriana de Bogotá, una de sus obsesiones era la doble personalidad de la mente, la cual se ejemplifica en su obra favorita El extraño caso del Dr. Jeckyl y Mr. Hyde, del escritor escoses Robert Louis Stevenson.
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Era incapaz de desarrollar relaciones o amistades con otras personas y culpaba a su madre, con los años el resentimiento contra su madre creció. El clímax de este cuadro de soledad social culminó con la masacre del 4 de diciembre de 1986 y el asesinato de su propia madre horas antes.
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El 3 de diciembre de 1986 acudio al banco para sacar todo su dinero ($49,896.93) con el cual compraria municiones para su pistola.
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La masacre ocurrió al anochecer del 4 de diciembre de 1986. Los asesinatos comenzaron horas antes en el apartamento de una de sus estudiantes de inglés, de nombre Claudia, en donde ataco a la madre de ésta, Nora Becerra del Rincon, de quien intento abusar sexualmente, amordazandola y atandola en la sala de su casa donde la asesino de 4 puñaladas, despues entro a la habitacion de Claudia, donde platicaron sobre el libro Dr. Jeckyll y Mister Hyde, despues la ato a la cama y la amordazo, se monto sobre ella y la beso en la boca varias veces, para finalmente acuchillarla 22 veces.
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Delgado regresó a las 16:00 hrs al edificio de apartamentos donde residía con su madre a la cual ultimó. En su apartamento se llenó un maletín con municiones y cargó su arma. Caminó alrededor de su madre y la asesinó de un solo tiro en la cabeza después de una discusión. Luego envolvió el cuerpo en gasolina y periódicos y le prendió fuego. Salió del apartamento y corrió por el edificio gritando “¡Fuego! ¡Fuego!”, llamando a los otros residentes para que abrieran y le dejaran llamar a los bomberos. Así asesinó a seis personas más (uno de ellos con el cuchillo que llevaba en el maletín).
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Con el pretexto de llamar a los bomberos, hizo que le abrieran la puerta dos vecinas, que respondían a los nombres de Inés Gordi Galat y Nelsy Patricia Cortez, y vivían en el departamento 301; también las mató de un disparo en la cabeza. Fue entonces al departamento 302, donde vivía Gloria Isabel Agudelo León, mujer de cincuenta años con quien Campo Elías siempre tuvo problemas. Ella salió a averiguar lo que sucedía y esto le costó la vida a la pobre mujer.
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Después de esto bajo al apartamento 101, donde Matilde Rocío González y Mercedes Gamboa le abrieron la puerta. Las chicas estaban estudiando, pero lo dejaron entrar para que llamara a los bomberos. También les disparó en la cabeza. En ese mismo lugar, Campo Elías hirió a otra estudiante, quien murió después, cuando era atendida en el hospital San José. Salió luego del edificio por última vez y se quedó diez minutos observando un cartel que hablaba sobre una obra de Federico García Lorca: Bodas de Sangre. Mientras estaba allí, se cruzó con él Blanca Agudelo de González, una vecina..

Otra vecina, Berta Gómez, vivía con las estudiantes asesinadas y logró salvarse porque saltó hacia el patio interior de apartamento al escuchar las detonaciones, saliendo rápidamente del edificio. Una vez afuera, detuvo a una patrulla de policía. Los agentes, al darse cuenta de que el cuarto piso se estaba incendiando, le dijeron que esa labor era para los bomberos y que ellos se encargarían de llamarlos pero, para variar, ninguna de las autoridades que tuvieron la oportunidad de reaccionar a tiempo lo hicieron.
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Después de esto, Campo Elías se dirigió al departamento 201 de otro edificio. Clemencia de Castro le abrió la puerta; después de que le preguntara sobre su marido, Jesús Fernández Gómez, ella lo invito a entrar. Durante su visita, Clemencia y él estuvieron hablando. Lo notó nervioso, no se sentaba, se mantenía caminando de un lado para otro y repetía frases que ya había dicho. Clemencia le ofreció una Coca-Cola, la bebida favorita de Campo Elías. Hablaron del hijo de Clemencia, Andrés, a quien le había ido mal en el colegio. Campo Elías le pidió reiteradamente que no lo fuera a regañar, porque el chico se tenía que "arreglar".
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Luego él mismo habló brevemente con Andrés y le dio unos consejos; Clemencia noto que Campo Elías estaba armado, pues declaró que "se le notaba el bulto debajo del saco". Le dijo a la mujer que se iba para un viaje, y que de la única familia que pensaba despedirse era de ellos; afirmó que se iría a China y que no volvería jamás. Hacia las 18:45 horas, se despidió lamentando que Jesús no hubiera estado en la visita. Les dijo que los quería mucho. Clemencia le preguntó si les iba a escribir y Campo Elías sólo le dijo que no se preocupara, porque iba a recibir noticias suyas muy pronto.
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Delgado llegó al restaurante hacia las 19:30 (hora de Bogotá), ordenó una cena costosa, vino y un vodka con naranja. Una hora después comenzó a dispararle a los otros comensales. Una mujer logró llamar a la policía, que llegó diez minutos más tarde, cuando Delgado ya había asesinado a veintitrés personas, la mayoría mujeres. Su método era arrinconar a las víctimas, dispararles a quemarropa en la cabeza y continuar con la siguiente persona. Quince personas más resultaron heridas. Una niña de seis años murió en medio del tiroteo. Varios policías ingresan atropelladamente al establecimiento y comienzan a disparar en desorden, sin ningún objetivo determinado.
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Delgado se pone de pie e intenta abatir contra la policia. Entonces, Campo Elías Delgado, es abatido por la policía, ya que tuvo 6 disparos, 4 de estos impactaron en la cabeza y por la trayectoria de las balas se revela que fue la policía quien le disparó y que no se suicidó como mucha gente cree.

jueves 18 de agosto de 2011

LEONARDA CIANCIULLI "LA JABONERA DE CORREGGIO" (ITALIA)

Biografia:
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Leonarda Ciaciulli fue una asesina en serie Italiana, mejor conocida como la “Jabonera de Correggio”, nació en Montella en la provincia de Avellino, centro-sur de Italia, el 14 de Noviembre de 1893, producto de una violación, motivo por el cual su madre la odiaba, y por tanto Leonarda paso un infierno en su infancia, intento suicidarse dos veces aun siendo una niña.
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Se caso en 1914 con Raffaele Pansardi, un empleado de la oficina postal, pero sus padres no aceptaron la relacion y su madre la maldijo, por que tenían pensado casarla con su primo, la pareja se mudo a un pequeño poblado llamado Lariano en Alta Irpinia, en 1930 tras un terremoto que sacudió pueblo perdieron la casa donde vivían.
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Leonarda y su esposo se mudaron a Coerrggio, donde Leonarda tuvo 17 embarazos, perdio a 3 de sus hijos en “abortos involuntarios”, 10 hijos más murieron durante sus niñez, y solo le sobrevivieron 4 hijos, a los cuales cuido sobreprotegiendolos. Sin embargo, siguio siendo atormentada por sus pesadillas, pensaba que era  perseguida por la terrible maldición de su madre que tanto la odiaba.
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Entre 1939 y 1940 Leonarda Cianciulli asesino y descuartizo a tres mujeres para fabricar jabónes, lo anterior lo decidio tras la partida de su hijo consentido Giussepe quien se enlisto para pelear en la II Guerra Mundial.
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Sus victimas fueron mujeres de edad mediana y quienes eran sus vecinas, con la promesa de rejuvenecerlas con tratamientos faciales las engañaba para que fueran a su casa, a la primera victima , Faustina Setti, una solterona le dijo que la ayudaria a conseguir marido, la drogo con una copa de vino, despues la mato con un hacha, la cortó en 9 pedazos, coloco los restos en una olla, añadió siete kilos de sosa cáustica, que había comprado para hacer jabón, y tras agitar la mezcla, la vertió en varios cubos con la esperanza de poder hacer jabones con los restos.
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En cuanto a la sangre la puso en la cuenca, espero a que se coagulara, la seco en el horno y la mezclo con harina, azúcar, chocolate, leche y huevos, así como un poco de margarina, finalmente tras amasar todos los ingredientes termino haciendo varios pasteles los cuales sirvio acompañados de una taza de té a las señoras que la fueron visitar, ella y su hijo también comieron de esos pastelillos. Leonarda se adjudico 30,000 liras con el fallecimiento de la srita. Setti.
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Francesca Soavi fue la segunda víctima; Cianciulli afirmó haberle encontrado un trabajo en una escuela para niñas en Piacenza. Al igual que Setti, Soavi fue convencida para escribir postales para enviarlas a sus amigos, esta vez de Correggio, detallando sus planes. Al igual que Setti, Soavi vino a visitar con Cianciulli antes de su partida, ella también se le dio vino con somniferos y luego la asesino con un hacha. El asesinato ocurrió el 5 de septiembre de 1940. El cuerpo de Soavi recibio el mismo trato que el de Setti, con este asesinato Cianciulli obtuvo 3.000 liras.
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La última víctima fue Virginia Cacioppo, una ex soprano quien decia haber cantado en La Scala. Cianciulli le afirmó que había encontrado trabajo para ella como secretaria de un empresario en Florencia, al igual que las otras dos mujeres, la obligo a que no dijera a nadie a dónde iba. Virginia estuvo de acuerdo y el 30 de septiembre de 1940, llegó a su última visita con Cianciulli. El patrón del el asesinato fue exactamente lo mismo que los dos primeros, de acuerdo a la declaración de Cianciulli.
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Su cuerpo terminó en un cubo, al igual que los otros dos, cuando se había derretido la mezcla de carne y huesos le añadio un frasco de colonia y tras mantener la macabra y maloliente mezcolanza en ebullición al fin fue capaz de hacer un poco de jabón cremoso un poco más aceptable . Le vendio las barras de este producto a sus vecinos y conocidos. Los pasteles también eran mejores, esto se lo atribuia la asesina a que la mujer era muy dulce.

Cianciulli habría recibido 50.000 liras y se quedo con joyas diversas de esta victima.
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La cuñada de Virginia, empezó a sospechar de la desaparición de su cuñada, y fue a la policía, empezaron a investigar y así detuvieron a Leonarda Cianciulli, en su declaración dijo que sedujo a las mujeres con promesas de obtener para ellas la eterna juventud y una vida mejor.
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La intención de Leonarda, en aquellos tiempos de escasez de alimentos, era hacer jabónes con los cuerpos pára poder sostenerse economicamente. Esto lo logró a medias, pues sólo consiguió una espantosa pasta informe y blanda.
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Por estos escalofriantes crímenes Leonarda Cianciulli fue juzgada, cuando se puso fin a la Segunda Guerra Mundial, El tribunal la encontró culpable de los 3 crímenes atroces, y la condenó a treinta años de prisión y a tres años mas en un asilo mental.
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Murió en el penal psiquiatrico de mujeres de Pozzuoli el 15 de octubre de 1970 por una apoplejía cerebral.
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Una serie de artefactos del caso, incluyendo el bote en el que las víctimas fueron hervidas, se exhiben en el Museo Criminológico de Roma.

miércoles 17 de agosto de 2011

OTTIS TOOLE "EL ASESINO VIAJERO" (ESTADOS UNIDOS)

Biografia:
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Ottis Elwood Toole (nacido el 5 de marzo de 1947 – murio el 15 de septiembre de 1996), a veces mal escrito como “Otis”, fue un asesino en serie estadounidense. Aunque admitió los cargos de asesinato, violación, necrofilia y canibalismo, y fue el principal sospechoso en varios asesinatos sin resolver, él se retractó y reiteró en varios confesiones.
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Toole fue hallado culpable en dos ocasiones de asesinato, y confesó cuatro más mientras se encontraba en prisión.
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Toole era un nativo de Jacksonville, Florida. Su padre abandonó su familia cuando Toole era joven, y él afirmaría años después que su madre era una fanática religiosa, y que su hermana lo vistió con ropas femeninas. Toole también afirmó que su abuela practicaba el satanismo, y que lo expuso a varias prácticas y rituales en su juventud. Escapó repetidamente de su casa, y también se le imputa haber iniciado incendios en casas abandonadas desde temprana edad.
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Toole confesó haber cometido su primer asesinato a la edad de 14 años, ocasión en que después de recibir una propuesta sexual por parte de un vendedor viajero, lo arrolló con su propio automóvil. Toole fue detenido como adulto por primera vez en 1964, bajo el cargo de vagancia por sospecha.
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Aproximadamente en 1978, Toole conoció a Henry Lee Lucas en Florida. Con posterioridad, ambos afirmarían haber cometido centenares de asesinatos, algunas veces bajo las órdenes de un culto secreto llamado “La Mano de la Muerte”. Lucas se retractaría sus confesiones, afirmando que sólo las hizo con la finalidad de mejorar sus condiciones dentro de la cárcel. Aunque algunas de autoridades han afirmado que existen dudas significativas acerca de la culpabilidad de Lucas, Toole todavía se ve generalmente como un asesino en serie.
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El 21 de octubre de 1983, Toole confesó al asesinato de Adam Walsh. Afirmó haberlo secuestrado, violado, y matado, y que entonces destrozó su cuerpo y lo arrojó a los caimanes, en un pantano cercano. Sin embargo, semanas después que Toole hizo tal confesión, la policía que investigaba el caso anunció que ya no lo consideraban como sospechoso. John Walsh, el padre de Adam, ha afirmado reiteradamente que él cree que Toole es el culpable.
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En abril de 1984, Toole fue declarado culpable y sentenciado a muerte por el incendio intencional provocado en 1982 y en el que murió George Sonnenberg, de 64 años de edad, en Jacksonville, Florida. Posteriormente, a Toole se juzgó culpable del asesinato en 1983 de Ada Johnson, residente de Tallahassee, Florida, de 19 años de edad, para lo cual recibió una segunda pena de muerte; en la apelación, sin embargo, se conmutaron ambas penas a prisión perpetua. Mientras cumplía su sentencia, Toole se alojó brevemente al lado de Ted Bundy en la Prisión de Raiford de Florida.
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Toole fue hallado culpable de cuatro asesinatos más en 1991 y recibió correlativamente cuatro prisiones perpetuas.
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Toole murió en septiembre de 1996 en la prisión de cirrosis hepática. En el momento de su muerte, estaba escribiendo un libreto para la televisión sobre un especial para niños que esperaba vender a alguna red televisiva. Se titulaba “Navidad con Ottis Toole”.
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En 1974, Park Journee Estep se declaró culpable del asesinato de una asistente de un salón de masajes en Colorado Springs, Colorado. La mujer, Sun Ok Cousin, fue atacada junto con una compañera de labores, Yon Lee. Esta última sobrevivía de ser apuñalada y acuchillada en la garganta, aunque a ambas mujeres les prendió fuego. En su testimonio, Lee describió a su atacante como bien afeitado, de una altura de 6' 2", 195 libras, y que manejaba una camioneta blanca.
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Estep afirmó su inocencia y quedó en libertad provisional. En el momento del asesinato, él llevaba bigote, medía 5' 10", pesaba 150 libras, y manejaba una camioneta roja.
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En 1984 los investigadores de la defensa se apoyaron en la confesión que haría Toole del asesinato para poder defender a Estep. Sin embargo, la madre de Toole declaró que los neumáticos de la camioneta habían sido acuchillados por vándalos el día del asesinato de Cousin, y que su hijo estaba allí como testigo cuando la policía contestó la llamada. Confrontado con el informe, Toole retractó su confesión.
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La descripción que hizo Toole de las circunstancias que rodean el crimen apoyó su historia. La confesión dio origen a una agitada actividad por parte de la defensa y los fiscales acusadores, los que se involucraron en el juicio original, incluyendo entrevistas con Toole y Lucas.
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El 23 de enero de 1985, un documental titulado “Park Estep: A Reasonable Doubt” (“Park Estep: una duda razonable”) fue emitido por KKTV en Colorado Springs, discutiendo los recientes cambios de evidencia.